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Mucho sexo. Pocas palabras.

Cristina se había puesto de novia formalmente con un tipo que tenía muchos años cortejándola y esa era la causa de la prohibición. Ante mi imposibilidad por mantener una relación estable con ella, decidió aceptar a aquel hombre.

Publicado por ADONIS en 15/12/2011 (392 lecturas)
Envié un mensaje al celular de Cristina:

• Hola. Te puedo llamar?.

Durante los minutos que esperé a que me respondiera, rogaba porque su contestación fuera afirmativa.

Mientras conducía mi automóvil con gran lentitud, cavilaba sobre la relación íntima que tengo con ella desde hace casi cinco años. Yo soy casado desde hace muchos años y ella es divorciada. Yo tengo mi familia bien consolidada y ella tiene una hija adolescente.

El tiempo pasaba y me angustia crecía. Cuando no responde pronto a mi mensaje, se debe a que atiende un compromiso ineludible o porque anda fuera de la ciudad. Yo no sabía cuál era la razón que demoraba su respuesta, pero lo que sí sabía, era que si no me respondía, tendría que resignarme a no estar con ella. De unos meses a la fecha, yo tenía prohibido ir a buscarla a su casa, negocio o cualquier otro lugar. Sería terrible no verla, pues tenía más de un mes que no la veía.

Cristina se había puesto de novia formalmente con un tipo que tenía muchos años cortejándola y esa era la causa de la prohibición. Ante mi imposibilidad por mantener una relación estable con ella, decidió aceptar a aquel hombre. Esa era la razón de que las cosas hubieran cambiado tanto.

Antes podía llamarle en cualquier momento, pero ahora tenía que pedir su consentimiento para hacerlo y evitarle problemas con su pareja. Sin embargo, Cristina no ha terminado con nuestra relación y para mantenerla en la mayor de las clandestinidades, diseñamos nuevas estrategias para comunicarnos y ponernos de acuerdo para seguir con nuestros íntimos encuentros.

Llegó un mensaje a mi celular. Mi corazón se aceleró como siempre me sucede. Rápidamente lo consulté y decía:

• Llámame en un momento más.

¿En un momento más?, me pregunté. ¿Pero… cuánto tiempo más?. Pasaron veinte minutos que me parecieron una eternidad.

• Ya?, le pregunté mediante otro mensaje.
• Ya, me respondió.

Marqué su número con ansiedad.

• Hola…cómo estás?, me preguntó al contestar mi llamada.
• Bien, le respondí. Pero quiero estar mejor y sabes que de ti depende, le dije.
• JAJAJAJA. ¿De mi depende?
• Ya sabes que sí. Hace mucho tiempo que no nos vemos, así que ya imaginas las ganas que te traigo. ¿Que dices?, le pregunté.
• Pues…nos vemos en el motel, ¿no?.
• Mmmhhh….perfecto. Cuando llegue te llamo para decirte en que número de cuarto estoy.
• Está bien. ¿Llevas lubricante anal?, me preguntó.
• Claro que sí. ¿Por qué me lo preguntas?
• Por nada. Al rato nos vemos, me respondió.
• OK.

Su pregunta sobre el lubricante anal me desconcertó, pero pronto sabría la razón de su duda. Corté la llamada y me dirigí al motel de nuestra preferencia. No tardé mucho en llegar y en cuanto entré le llamé para decirle el número de habitación en el que me encontraba. Esta situación era parte de los cambios de estrategias, pues ahora era indispensable que ella llegara en taxi ante la imposibilidad de pasar por ella en mi automóvil.

Después de bañarme y perfumarme con loción de feromonas, sobre todo en mis partes íntimas, me fui a la cama a esperar su llegada. En tanto, veía una película pornográfica.

No tardó mucho en llegar y cuando entró a la habitación, hasta mi olfato llegó la suavidad de su aroma. Lucía un vestido blanco con falda amplia que le llegaba a medio muslo de sus firmes y torneadas piernas. Un delgado cinturón amarrado a la cintura, hacía que sus caderas resaltaran de manera exquisita; el vestido era algo escotado al frente y sostenido por delgados tirantes en los hombros.

• Hola, me saludo sonriente.

Dejó ver la blancura de su dentadura perfecta, como parte de su carnosa boca que invita a besar, aunque en realidad es una de sus armas sexuales más poderosas, pues es increíble lo que me hace gozar cuando me practica sexo oral.

Yo no la saludé. Dejó su bolso sobre un sofá que está muy cercano a la cama. Había enmudecido ante su presencia destellante, como si fuera la primera vez que la veía. La belleza de Cristina, su modo tan femenino de ser, pero sobre todo su fogosidad en la cama, eran los factores que me habían hecho retirar de mis búsquedas nocturnas en pos de otras féminas.

Me incorporé de la cama para que mi cuerpo desnudo abrazara aquella belleza que me quitaba el aliento. Sus pechos son de tamaño medio, pero muy firmes y adornados por unos gruesos y jugosos pezones; su piel es suave y de color moreno claro; su cintura es breve lo que hace que sus caderas resalten de su anatomía y en especial sus nalgas suculentas.

Mis brazos la estrecharon, sintiendo en ellos su largo pelo que le llega hasta la cintura, aún húmedo por su baño reciente. Mi pecho se untó a sus tetas que no portaban sostén. Mis manos bajaron para acariciarle las nalgas por encima del vestido, pero inmediatamente se lo subí para aprisionárselas con fuerza. Sus glúteos estaban desnudos porque su tanga la traía incrustada.

Sentí la firmeza de su abultada carne y suavidad de piel. Mis ávidos dedos intentaron penetrar su ano, pero el hilo dental lo impidió. Nuestras bocas se comían una a otra. Nuestros labios se abrían y se estrujaban unos contra otros. Nuestras lenguas se empalmaban para acariciarse.

Le subí el vestido de la parte frontal para dar acomodo a mi pene entre sus piernas. Mi sangre hervía y deseaba poseerla de inmediato, pero reaccioné y me separé de ella para permitirle que se desvistiera en tanto yo regresaba a acostarme en el lecho que recibiría a los dos ardientes cuerpos, que una vez más se fundirían para convertirse en uno solo.

Mientras se quitaba la escasa ropa que llevaba, mi mirada lujuriosa recorría cada centímetro de su bella anatomía. Ella sonreía divertida y me veía a los ojos. Sonreíamos sin pronunciar palabra alguna. En momentos como ese, Cristina y yo dejamos que nuestra piel hable, pues nuestras bocas son para devorarnos.

Desnuda por completo, Cristina se acostó boca abajo entre mis piernas abiertas que dejaban en libertad mi pene erguido. Lo tomó con una mano y se lo llevó a la boca. Succionó el glande para beber el líquido preseminal que ya me salía en buena cantidad. Con su lengua formó un lazo alrededor de mi pene y lo lamía una y otra vez. Con otra mano me apretaba los testículos como queriendo exprimirlos.

Se lo tragó por completo y yo sentía que mi glande perforaba su garganta. Se lo sacó de la boca lentamente y cuando lo hacía, me dio unos mordiscos desde la base hasta el glande. Repitió la acción varias veces pero con gran velocidad. Su cabeza subía y bajaba en el accionar de la estupenda mamada que me estaba dando.

Yo estaba a punto de eyacular y para evitarlo, coloqué la palma de mi mano en su frente. Cristina sabía que esa era la señal para que dejara de mamarme y evitar acabar. Con su mano izquierda sostenía mi pene y ahora con su lengua lo recorría a todo lo largo, rematando su accionar con un furtivo y estruendoso chupete en mi glande.

Me lamía fuertemente los testículos y se introdujo a la boca uno de ellos y luego el otro. Su mano izquierda no me soltaba el pene y me masturbaba con suavidad. Su boca pasó a mis ingles y su lengua me las recorría de arriba abajo, llegando hasta lo que pudiera ser mi monte de venus (si se vale la expresión) en donde su boca se prendió como ventosa y me daba fuertes mordiscos en esa carne abultada cubierta por muy cortos vellos púbicos que con frecuencia me depilo.

Las mordidas que me daba me hicieron retorcer de placer. Su respiración era muy agitada y sentía lo ardiente de su aliento, mientras cubría mi piel con su saliva derramada. Yo no alcanzaba respiración y mi lujuria crecía. Metió una de sus manos bajo mis muslos, indicándome que levantara las piernas al cielo, pues había llegado el momento de mamarme el trasero.

Con mis piernas en alto, Cristina metió una almohada bajo mis nalgas para que mi culo quedara expuesto. Ahora su mano se apoderaba de mi pene y de mis testículos sobándolos fuertemente. Empezó a darme mordiscos en las nalgas y a pasarme su lengua hasta que su rostro se introdujo entre mis glúteos para que su boca llegara hasta mi ano que ansioso deseaba ser mamado.

La boca de Cristina se prendió de mi ano y lo succionaba. Yo sentía sus labios fogosos en mi culo y sus dientes se incrustaron en él. La mordida era algo dolorosa pero muy excitante, demasiado excitante. Dejó de morderme y su lengua giraba alrededor de los pliegues corrugados de mi ano, primero suave y lentamente, pero después de manera muy rápida. Su lengua empezó a entrar y salir de mi culito. Se escuchaba el ruido de su boca prendida a mi atribulado ano.

Me puso una mano en mi cadera, ordenándome que me volteara. Giré y quedé acostado boca abajo sobre la almohada. Una fuerte e inesperada palmada sobre una de mis nalgas me hizo cimbrar de pies a cabeza. Sentí un dolor y un ardor en que me puso más ardiente. Luego otra fuerte palmada en la otra nalga. Me gusta recibir ese castigo y ella lo sabe muy bien.

Sentía que mis nalgas hervían por lo caliente que las sentía debido al castigo recibido, pues Cristina seguía nalgueándome. Sus manos separaron mis glúteos y su boca llegó una vez más hasta mi anillo corrugado. Me chupaba y me mordía de manera violenta y yo más me enardecía. Parecía que quería arrancarme el ano de lo fuerte que me mamaba y mordisqueaba. Su lengua entraba y salía con rumbo a mis intestinos. Todo mi trasero estaba muy húmedo por la gran cantidad de saliva que Cristina vertía.

Me dieron ganas de acabar nuevamente y me separé de aquél sublime sexo oral que Cristina me daba. Ella permaneció acostada boca abajo y yo me abalancé loco de pasión sobre su trasero. Quedé encima de ella. Mi pene se enredó en su larga cabellera y mi estómago quedó sobre su espalda. Mis manos, que más bien parecían garras de tigre, le apretujaron las nalgas y las zarandearon incrustando mis uñas en su carne pero sin llegar a rasguñarla.

Le separé las nalgas y me arrojé sobre su ano expuesto para darle unos chupetes desesperados. Mi boca era ahora la ventosa que se lo succionaba. Mi lengua entraba y salía y mis dientes se apoderaban de sus pliegues de la misma manera como ella lo hizo con el mío. Cristina lanzó un grito de dolor por mi arrebatado acto oral, pero no dejé de mamarle el chiquito. Tenía que dejárselo lleno de saliva pues es parte del lubricante que uso para penetrarla, pero faltaba un buen tiempo para que eso sucediera.

Cristina movió sus caderas de un lado a otro, lo que revelaba que quería acostarse boca arriba, pero mis manos convertidas en fuertes tenazas no soltaban a su carnosa presa y mi boca seguía chupando su ano. Yo aprovechaba para estirar al máximo mi lengua tratando de metérsela en la vagina.

Finalmente la solté y se acostó boca arriba para quedar en la posición de 69. Yo noté que con desesperación me tomo el falo y se lo metió en la boca y una vez más sentí que le atravesaba la garganta. Yo me prendí de su vulva humedecida por mi saliva y sus flujos vaginales. Me mamaba el pene y los testículos y mi boca abierta al máximo chupaba los labios internos de su concha.

Nuestros resoplidos se confundían y su intensidad dominaba los pujidos de los actores porno que aparecían en la pantalla del televisor que era lo que menos nos importaba ver o escuchar.

Mi lengua entraba y salía de su vagina y mi boca succionaba y mordisqueaba su clítoris hinchado. Le di un mordisco y Cristina se quejó pero no se sacó mi falo de su boca. Sus fluidos son como el auténtico néctar que succionan las mariposas de las flores. Mis manos estaban por debajo de sus nalgas para acariciarlas y estrujarlas. Ella hacía lo mismo con mi trasero y me nalgueaba de nuevo. Mi pasión se desbordaba y mi sangre hervía.

Dejé de mamarle y me incorporé un poco, pero solo para sentarme sobre su boca, para que me volviera a mamar el culo. Cristina me lo chupaba bruscamente y me lo mordía de nuevo. Me metió la lengua y empecé a mover mis caderas de adelante hacia atrás para restregarle mi ano. Cristina ensanchó su lengua y me la pasaba desde el ano hasta los testículos.

Después de casi cinco años, aún no se si a Cristina le gusta más mamarme el pene o el culo, porque ambas cosas las hace con una pasión desenfrenada. Nunca se lo he preguntado, ni le preguntaré. Tampoco se cual de las dos es la que más placer me provoca, porque ambas me vuelven loco de lujuria. Si ella llegara a preguntarme cual me gusta más, no sabría responderle.

Terminado el delirante 69 me bajé de la cama. La hice sentar en la orilla de la cama y que se recostara boca arriba. La tomé por los pies y le levante las piernas hacia el cielo. Se las separé y su vulva emergió entre ellas. Brillante y apetitosa. Me arrodillé en el suelo y mi boca hambrienta se prendió para seguir bebiendo como un sediento que encuentra agua en medio de un desierto. Cristina se retorcía de placer y eso me excitaba más. Se la chupaba y mordisqueaba. Mi lengua entraba y salía de su vagina.

Me incorporé y me abalancé entre sus piernas y la penetré por la vagina de un solo golpe. Ahí se la mantuve guardada por unos instantes mientras la abrazaba y besaba. Cristina respondía a mis acalorados besos. Nuestras lenguas se trenzaban y nuestras salivas se volvían a mezclar. Comencé el mete saca lentamente y después con un ritmo frenético. El chapoteo de mi pene y mis pelvis al chocar contra su cuerpo era escandaloso.

Detuve mis movimientos y sentí que sus contracciones vaginales me “mordían” el pene metido hasta el tope. Ella estaba teniendo un orgasmo y me separé para bajarme a beber sus fluidos, mientras le sostenía las piernas en alto. Le metí el pene de nuevo y ahora la besaba con su sabor vaginal que había quedado en mi boca. Le saqué el pene de su concha y coloqué mi glande en su ano. Era el momento de penetrarla por atrás.

Empujé pero mi pene no entró. Cristina lanzó un quejido. Recordé el lubricante anal que llevaba y le apliqué un poco en su cerrado agujero. Me puse una buena cantidad en mi falo y de nueva cuenta se lo acomodé en el culo. Mi amante secreta se mantenía con las piernas elevadas y con sus manos se separó las nalgas para que su culito quedara al total descubierto.

Mi glande atravesó sus pliegues anales y me contuve un poco en espera de que se le dilatara. No esperé mucho tiempo y lentamente pero sin detenerme, le enterré mi espada hasta la empuñadura. Cristina lanzó un” MMMHHHHH!!!!!!” de satisfacción, aunque no creo que su gozo fuera mayor que el mío, al sentir mi pene incrustado hasta el tope en su caverna hirviente.

¡Qué delicia!. Que delicia meterle el pene por atrás. Aunque es una práctica que repetimos en cada ocasión que tenemos sexo, siempre es algo único, delicioso, exquisito, placentero y apasionante.

Me acosté totalmente sobre ella, pero en esta ocasión no besé su boca, sino sus pechos rígidos. Mis manos ávidas de su carne se los apretaban. Le mamé un pecho y luego el otro. Mi lengua se envolvía en sus gruesos pezones que parecía iban a reventar por lo hinchados que estaban. En tanto…le sacaba el pene totalmente y desde fuera se lo metía con furia desencadenada y repetí la acción no sé cuantas veces.

• Ya sácamela, me dijo. Hay que lavarnos.

Con gran pesar saqué mi trozo de carne de sus intestinos y fuimos a la regadera. Ella me lavaba mis partes y yo las suyas, pero no perdí la oportunidad para metérsela por el ano una vez más aprovechando que se inclinaba un poco junto a mi cuerpo. Parecía que el calor de nuestros cuerpos hacía hervir el agua que nos caía.

Finalmente terminamos de asearnos y nos regresamos a la cama. Me senté a la orilla y me recosté hacia atrás. Aún no alcanzaba respiración y jalaba aire por la boca. Levanté las piernas y las abrí lo más que pude para que mi ano quedara a su disposición. Cristina colocó una almohada en el piso y se arrodilló para estar más cómoda para mamarme el culo y meterme los dedos. Esta es una práctica indispensable en nuestro ritual.

Cristina aprisionó mi culo entre sus dientes y me dio una mordida que me provocó un dolor y un placer que no se pueden describir. Sus diestras manos me apretujaban los testículos y el pene. De pronto su lengua recorría mi trasero desde el culo, pasando por los testículos y terminaba en la punta de mi pene. Abría la boca y se lo metía hasta la garganta.

Yo no la veía desde la posición en que me encontraba. Solo percibí que se separó de mí por breves instantes. Escuche el sonido de la tapa del pote de lubricante anal que yo había dejado en el buró y sentí que una buena cantidad me la aplicaba en el ano. Me metió dos dedos y los hacía girar en mi interior como tratando de ensancharlo. De pronto escuché el zumbido característico de un consolador vibratorio. Abrí los ojos y Cristina me lo enseñaba, mostrando en su rostro la más pícara de sus sonrisas.

Comprendí el cuestionamiento que me hizo por teléfono, al preguntarme si llevaba lubricante anal. Siempre lo llevo para usarlo al momento de penetrarla por atrás, pero quería cerciorarse al tener en mente aplicármelo en mi ano para perforármelo con el grueso consolador que blandía en su mano. Ella sabía que yo sería quien más lo necesitaría.

Me separaré las nalgas con mis manos para que mi ano se abriera lo más posible con el fin de darle la bienvenida al falo artificial que Cristina quería meterme. Me introdujo la gruesa cabeza y ahora era yo el que lanzaba un quejido. Ante el dolor que me provocaba, mi pene estaba experimentando flacidez pero Cristina no lo permitió y me empezó a mamar con gran avidez.

Mi ano se dilató o suficiente y con lentitud pero sin detenerse, Cristina me lo metió hasta el fondo de mi túnel sin salida. ¡Qué delicia!. En verdad que era agradable sentir mis intestinos repletos por el falo que al vibrar me producía un goce extraordinario. Me lo metía, me lo sacaba y el masaje prostático me transportaba a las nubes. Cristina aceleraba la mamada de pene que me daba y finalmente explotó para lanzar el semen por tantos tiempo retenido.

Todo mi cuerpo temblaba como si por mi piel se me saliera el alma. Con el consolador metido hasta lo más profundo, yo sentía que mi eyaculación era muy abundante y Cristina bebía a grandes tragos mi esperma. Escuchaba los sonidos guturales que salían de su garganta al tragar, tragar y tragar.

Me sacó el vibrador, pero no dejó de mamarme. Mi pene flácido después de estallar, permanecía metido en la boca de Cristina quien terminó su obra maestra sexual dándome unos lengüetazos para dejármelo limpio, al igual que los testículos en donde se había derramado su saliva y una buena cantidad de semen.

Se separó de mí para ir al baño y yo bajé las piernas hasta que mis pies tocaron el suelo. Me quedé casi sin poder respirar por lo agitado que estaba con motivo de la extraordinaria pasión que me había hecho sentir aquella mujer con sus artes sexuales. Para recuperar el aliento, exhausto me puse de costado en la cama. Mi cuerpo era un auténtico manantial de donde brotaban gran cantidad de gotas de sudor que me habían empapado hasta el cabello.

Cristina salió del baño e hizo una llamada al taxista para que fuera por ella. Mientras se vestía, yo apenas la veía porque mis ojos los tenía casi cerrados pues sentía que hasta los párpados me pesaban por el agotamiento. Sólo la veía sonreír al observarme totalmente noqueado. Me había dejado como piltrafa humana.

Minutos después escuché el ruido del taxi que llegaba por ella. Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.

• Hasta luego, me dijo.

No respondí el saludo, porque lo único que pude hacer fue levantar mi mano y con un ademán le dije adiós. Su hermosa figura vestida de blanco, despareció tras la puerta de la habitación del motel de nuestra preferencia. Yo no sabía cuando le volvería a enviar un mensaje a su celular para decirle:

• Hola. Te puedo llamar?












   

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Autor Hilo
ADONIS
Enviado: 19/12/2011 2:16  Actualizado: 19/12/2011 2:16
Interesado
Conectado: 15/12/2011
Desde: México
Envíos: 1
 Re: Mucho sexo. Pocas palabras.
Pongo a su consideración mi primer relato. Se trata de un episodio real de mi vida y espero sea de su agrado. He escrito otros reelatos, pero antes de envialrlos, primero deseo saber sus opiniones para valorarme.

adonis.primero1@hotmail.com



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